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Ya os he contado muchas veces que viajar no sólo es moverse de un lado a otro, al menos como yo entiendo el concepto que intento describir en estas líneas. Es decir, no se trata de trasladarse a otro lugar con un fin más o menos concreto, sino de algo con un mayor peso que cala en nuestro interior. Algo que de alguna forma nos transforma y se queda con nosotros para siempre.

Pero hay ocasiones en las que el viajar en ese sentido de la palabra se produce precisamente en el propio desplazamiento. Cuando el trayecto no es sólo un medio para viajar, sino que constituye el centro de la aventura. Siguiendo con ese concepto hay lugares en las ciudades que sintetizan a la perfección su propia esencia, convirtiéndose en ocasiones en atractivos turísticos de primer orden. Esos lugares no son otros que las vías del metro, y todo lo que las rodea: las estaciones, los vagones; y sobre todo, la gente que los abarrota.

Muchos suburbanos gozan de fama mundial por su modernidad, por su vanguardia, por la decoración de sus estaciones o por su propia historia; aunque lo que comparten todos ellos es la imagen que provocan en el visitante. En ocasiones pueden darnos un retrato de la sociedad que los usa y mantiene, que independientemente de ser cierto o no, lo tomaremos como una guía exacta.

El desplazamiento por metro en las grandes ciudades es siempre deseable, por su comodidad por supuesto, pero sobre todo por ser un contacto casi directo con la sociedad que se ha creado en la ciudad. Llegados a este punto ya me he descubierto como un fan de este medio de transporte, pero más allá de eso me confieso un voyeur social, por decirlo de alguna forma. Salir de fiesta en un lugar desconocido para mí es un ejercicio de observación más que de diversión al uso; y esa misma observación se hace más intensa en el medio de transporte del que os hablo; donde se revela el carácter y la vida que palpita en una ciudad.

A parte de todo ese concepto sociológico (y mi personal pedrada en la cabeza) también son un lugar interesante tomando la estética o la arquitectura como referencia. En este sentido se podría decir que hay dos sistemas de transporte suburbano predominantes en el mundo, y que a su vez son antagónicos: Nueva York y Moscú. El primero lo conocemos de memoria gracias a las películas, aunque no lo hayamos pisado en la vida. El subway es uno de los más extensos del mundo y tiene la particularidad de funcionar las 24 horas del día. El metro de Moscú por su parte es el suburbano con mayor número de pasajeros y aunque fue inaugurado en los años 30, algunas de sus estaciones nos trasladan a la Rusia de los zares.

No podía olvidarme del pionero, el underground londinense, abierto en 1863 y apodado el “tubo” ya que los convoyes recorren las entrañas de la ciudad por unos pasadizos a los que ningún claustrofóbico se acercaría. Y como todos los referentes, también el de Londres tiene sus antagónicos, como por ejemplo el de Pekín con su reciente línea 8 construida para las Olimpiadas, o sobre todo el ultramoderno metro de Dubai.

Para cerrar este pequeño recorrido que me gustaría que utilizaseis como invitación a hablarme de los metros que más os han gustado en vuestros viajes, acabaré con dos de mis preferidos. El primero, no podía ser otro que el metro de Bilbao. Aunque es un sistema en pañales, numerosos premios avalan su diseño y lo han convertido en una referencia internacional. Y el segundo, por sorprendente que pueda parecer es el de Estocolmo. Además de sus originales asientos decorados de forma infantil con edificios singulares suecos, el 90% de sus estaciones son muestras artísticas en sí mismas; como las “ruinas” de Kungsträdgarden o la cueva de Radhuset.

¡Buen viaje!

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