Uzupis, que celebra su Día de la Independencia el Día lituano de los Inocentes, tiene un ejército pacifista que no llega a las veinte unidades y una Constitución venerada en toda la zona. La historia de esta pequeña república dio un giro tras el Holocausto, pasando de ser el barrio judío a ser un barrio abandonado donde se refugiaban vagabundos y prostitutas. Ese panorama era propicio para ciertos artistas que no tenían donde refugiarse en invierno, por lo que tomaron prestadas las casas abandonadas trágicamente por sus predecesores. Y así, hasta hoy en día, cuando Uzupis es el epicentro del arte y la bohemia lituana. Y de la alegría.
Nada más cruzar la “frontera”, una sirena te da la bienvenida, y ya notas que todo es distinto. Las señales no sólo te advierten de la velocidad a la que deben circular los vehículos, sino que te recuerdan que es momento de flexionar los músculos de los extremos de la boca. Uno de los puentes de acceso a la República sigue la moda iniciada por el romano puente Milvio, y está plagado de candados como símbolo eterno de un amor, una amistad o cualquier otra cosa digna de ser recordada por siempre; y entre ellos, el de un servidor y sus acompañantes.
“El otro lado del río”, como se llamaría en castellano al lugar, es un sitio muy especial. Como Montmartre o Candem, tiene un sabor auténtico que no se puede percibir en el resto de la ciudad. Pero por encima de los barrios parisino y londinense, Uzupis es un lugar distinto, marcado por el sentido de comunidad y regido por leyes que pueden dibujarte una sonrisa en la cara, aunque no fueran creadas para eso.
La Constitución recoge varios deberes, como el de jamás rendirse, pero también obligaciones como la de no compartir lo que no se posee. También hay prohibiciones, por ejemplo, a ejercer la violencia; así como infinidad de derechos: a amar, a no ocuparse de las tareas propias de vez en cuando, a ser feliz o infeliz según la elección personal, a llorar, a cometer errores… Y como Constitución atípica también recoge sugerencias. Mis preferidas son “Todo el mundo debería compartir sus posesiones” y “Todo el mundo debería recordar su nombre”.
En fin, os recomiendo encarecidamente visitar la ciudad de Vilna, ya sea de paso o de destino principal porque creo que merece la pena. Pero no os olvidéis de entrar en Uzupis con una sonrisa; aunque sea fingida, seguro que algo sucede para que pase a ser sincera.
Uzupis está en todos nosotros. Porque, aunque real, es un sueño. Y siempre habrá alguien que ceda un asiento en el tren. Un recuerdo afectuoso para un ser querido o una muestra de respeto con un desconocido. Llegaremos a bares sin mesas suficientes para todos, dispuestas a ser compartidas. No faltarán sueños que no pueden ser derrumbados con excavadoras.



