De eso y sobre eso escribiré. Del encanto de pequeños mercados o lo asombroso de las vidrieras de una gran catedral. Los que hayáis estado podréis identificaros o pensar que me he equivocado de lugar. Los que no, os valdrá con leerlo o puede que queráis ir. De aquí para allá nos movemos todos, y todos nos fijamos en cosas diferentes que atraen nuestra atención, pero independientemente de eso la sensación es similar. Es demasiado pretencioso pensar que estas líneas sean capaces de transmitir algún sentimiento, pero me basta con que leyendo mis sensaciones, recordéis las vuestras en ese u otros lugares.
Muchas veces esto será como una terapia para mí que, quién sabe, podría serviros a vosotros. Una terapia contra los programas de viajes que te hacen preguntarte que coño haces aquí parado. Una terapia para recordar alguna que otra anécdota o sonrisa. Más allá de aburriros con mis batallitas (serán pocas, lo prometo), me gustaría pensar que recordaréis las vuestras o que os entrará el gusanillo de crear nuevas. Por ambición que no quede.
He viajado mucho, aunque menos de lo que me gustaría. Me he quedado mudo ante la abadía de Westminster pero también he ido a París y no he visto la torre Eiffel. He perseguido por varias ciudades el rastro de algún artista callejero, pero también he sido tentado por cierto bus turístico. He pasado meses enteros en pueblos perdidos en el monte, pero también he pisado la, a menudo maltratada, costa mediterránea. Lo que quiero decir es que ir de aquí para allá puede hacerse de mil formas y todas ellas tienen su punto, como las personas. De aquí para allá vamos todos, con mil objetivos, con mucha o ninguna idea… y volvemos cambiados, aunque sólo sea de una forma muy sutil.
De vez en cuando nos veremos por aquí, espero. Y os hablaré de Estocolmo sin contaros que tiene 14 islas, dos millones de habitantes y fue fundada en 1252. No quiero contaros que hay que visitar Skansen o que la mejor foto del Palacio Real se hace desde el Grand Hotel. Sólo quiero deciros que hay un diminuto café perdido con una tarta de chocolate que te hace pensar en quedarte a vivir en la “Venecia del Norte”. Quiero que sepáis que una vez tiré un papel al suelo y que vivo arrepentido sólo por la forma en que me recriminaron los oriundos con simples miradas de acusación, pero sobre todo de tristeza. Y de vez en cuando os contaré que no hay iglesia en el mundo comparable a la de Riddarholmen o que el ayuntamiento es, a mis ojos, el edificio más grande que he visto.
Para finalizar me gustaría rendir un humilde tributo a la ya mencionada ciudad de Estocolmo. Porque estas líneas y las que vendrán son de algún modo como esa ciudad de contrastes; heterogéneas, cambiantes… a veces bipolares. O tripolares. Una ciudad con edificios majestuosos encajados en calles viejas y estrechas. Una ciudad con intenso tráfico pero enclavada en un parque natural. Una ciudad que nunca duerme aunque lo ordene el clima.
Nos vemos. Por aquí o por allá.



