DE FUTBOL Y CINE

En estas fechas en las que el Athletic Club de Bilbao está en dos finales, una de ellas disputada y, lamentablemente, perdida, aprovecho no sólo para recordar esta gesta sino para hablar de un deporte como el fútbol en la historia del cine. Muchas han sido las películas que se han apoyado en el deporte, sobre todo fútbol americano, baseball, baloncesto o hockey. No olvidemos que la gran industria cinematográfica es la norteamericana, por lo que siempre será complicado ver una película de esta índole tratando el fútbol como tema principal, lo cuál es bueno debido a lo poco interesante que resulta una película que trate sobre un equipo que logra una gesta deportiva, como es el caso de ‘Somos los Mejores’ de Stephen Herek con el hockey, ‘Una Tribu en la Cancha’ de Paul M. Glaser en baloncesto o ‘Una Mujer en la Liga’ de David S. Ward con el baseball.

 

Son todas ellas películas flojas de bajo interés que tratan el deporte como clave del argumento. Pero existen otros casos de películas deportivas que resultan interesantes por el hecho de utilizar el propio deporte como excusa para un argumento con mucho más fuste. En los casos de cine estadounidense encontramos a la reciente ‘Moneyball’ de Bennett Miller como claro ejemplo de una película que utiliza el baseball como motor de una historia mucho más interesante que el propio deporte o la gesta de algún equipo en el mismo. La magnífica ‘Invictus’ de Clint Eastwood es otro buen ejemplo, ya que utiliza el rugby para retratar la figura de Nelson Mandela al frente del gobierno sudafricano.

 

Centrados ya en el deporte rey, es curioso que la primera película que nos venga a la mente sea estadounidense. Es el caso de ‘Evasión o Victoria’ de John Huston, que con su estrambótico reparto formado por Sylvester Stallone, Michael Cane, Max Von Sydow y Pelé, resulta de lo más interesante en cuanto al fútbol retratado en el cine y, una vez más, esto es así porque el fútbol es una excusa para relatar un drama carcelario sobre la Segunda Guerra Mundial.

 

Pero hasta aquí la aportación estadounidense decente a este deporte. Para ver buenas películas con el fútbol como trasfondo, lo mejor es fijarnos en la cinematografía inglesa, dónde podemos encontrar títulos tan interesantes como ‘The Damned United’ de Tom Hooper, ‘Buscando a Eric’ de Ken Loach o la floja pero simpática ‘Quiero ser como Beckham’ de Gurinder Chadha.

 

Llegados a este punto sólo queda preguntarnos si hay alguna película patria que trate el fútbol de manera interesante. Lamentablemente, más allá de la divertidísima ‘Días de Fútbol’ de David Serrano no podemos decir que la industria española se haya prodigado de manera acertada en este tema y encontramos absolutos y aburridos despropósitos como ‘El Penalti más Largo del Mundo’ de Roberto Santiago que trata de aprovechar el éxito de la anteriormente citada cinta de Serrano pero que fracasa de manera estrepitosa.

 

Finalizo esperando que este artículo sirva de guía para un buen disfrute de cine deportivo en general y futbolístico en particular y deseando que este Athletic siga por el camino que ha encontrado este año. Si no lo digo reviento.

 

Realidad y Ficción

Cuando hablé de El Truco Final: El prestigio de Christopher Nolan, hablé de un modo más general sobre una forma de hacer cine que consiste en engañar al espectador y hacerle participar de la película. Sin duda, hacer que dicho espectador se involucre en lo narrado en la película hace que la misma gane enteros y esto debería ser una máxima a la hora de realizar un film. No se disfruta igual viendo una película en la que lo que ocurra no te importe lo más mínimo que en una en la que estés constantemente atento a lo que les sucede a sus protagonistas. Pensaréis que esto es de perogrullo, y así es, pero
no todos los directores de cine son capaces de conseguir algo así, y menos cuando se aventuran a realizar una película basada en hechos reales, que es de lo que quiero hablar hoy.

Una película que narra un hecho histórico o algo ocurrido en nuestra más reciente memoria siempre debe mezclar realidad con ficción, algo que de por sí también es de puro perogrullo. Y es que la dificultad de mantener el interés del espectador sobre algo que quizá no le interese lo más mínimo está en crear una parte ficticia que consiga que ese tema se torne interesante. El ejemplo más evidente de esto lo encontramos en una de las mejores películas de los últimos años, La Red Social de David Fincher. Y es que la historia de cómo Mark Zuckerberg se hizo rico con Facebook es realmente poco atractiva, pero gracias a la mano maestra de Fincher -sostenida por un guión solidísimo con los diálogos más interesantes que se pudieran pensar para una película así-, nos encontramos ante una película que incluso se podría comparar, salvando las distancias, con Ciudadano Kane de Orson Welles.

Observando la filmografía del mencionado Fincher, encontramos un punto de inflexión en su carrera bastante acentuado. Después de realizar películas oscuras, originales en cuánto a su forma y de un entretenimiento puro como son Se7en, The
Game, El Club de la Lucha o La Habitación del Pánico, pasó a realizar películas más “convencionales” y de un clasicismo cinematográfico que abruma con Zodiac, El Curioso Caso de Benjamin Button y la mencionada La Red Social. Curiosamente entre estas tres películas encontramos un nuevo claro ejemplo que mezcla realidad con ficción de forma magistral y que es aquella de la que quiero hablar hoy, Zodiac.

Nos encontramos ante el intento frustrado de la Policía y los periodistas de San Francisco de descubrir quién se escondía detrás del asesino del Zodiaco, que aterrorizó a la bahía de dicha ciudad en las décadas de los 60 y 70. Esta película, como ya he dicho antes, es un ejercicio de clasicismo puro que más que una película parece una radiografía o incluso un estudio del caso de este asesino, que trajo de cabeza a los tres personajes principales de la historia:

1. Robert Graysmith: Caricaturista del San Francisco Chronicle interpretado por Jake Gyllenhaal y que se obsesiona por descubrir la identidad del asesino cuando éste les envía al periódico su primer criptograma.

2.- Paul Avery: Periodista de este mismo periódico interpretado por Robert Downey Jr. y que va en busca de la noticia que dé con la identidad del asesino, quizá más en busca de gloria personal que por ayudar a la Policía.

3.- David Toschi: Policía encargado de investigar los asesinatos de Zodiac interpretado por Mark Rufallo y que es la figura más frustrada del film, pues no encuentra la manera de descubrir al asesino.

Antes de continuar con el análisis de esta película haré mención a las fantásticas interpretaciones del trío protagonista, pues quizá sean las mejores que hayan hecho en su vida hasta la fecha, y de los secundarios de lujo que les respaldan, como Anthony Edwards, Brian Cox, Elias Koteas o Dermot Mulroney, que aportan su granito de arena al conjunto final. Una mención aparte merece también la cuidada fotografía de la película, que va acorde con una genial ambientación que nos hace diferenciar a la perfección las distintas épocas por las que transcurre la historia.

Y es que absolutamente todos los elementos de la cinta hacen que ésta fluya de forma magistral, con la ya mencionada forma de mezclar realidad y ficción que tiene Fincher y que la hacen, a parte de técnicamente perfecta, increíblemente disfrutable y amena pese a sus dos horas y media de duración y su conocida trama, que podría hacer que no interesara lo más mínimo. Tres claros ejemplos de esa mezcla se ven en las referencias cinéfilas que el director introduce en el metraje, que se refieren a la película El Malvado Zaroff como inspiración para el asesino, a cómo el personaje interpretado por Steve McQueen en Bullit se inspiró en el policía real David Toschi, y a cómo el caso inspiró en sí la película Harry el Sucio, con un Clint Eastwood detrás de la pista de un criminal llamado Scorpio. Todo esto es cierto, pero en la película se narra de una forma ficticia y amena.

Quería terminar este pequeño análisis de Zodiac con algo que me llamó la atención en la película. Durante la investigación del caso, uno de los considerados sospechosos fue Theodore Kaczynski, alias Unabomber, por haber enviado cartas bomba a distintas personas. El tal Unabomber fue un activista del movimiento conocido como anarco primitivismo, el cuál inspiró de alguna forma a Chuck Palahniuk, autor de la novela El Club de la Lucha, cuya adaptación al cine realizó David Fincher, como ya he comentado. Sin embargo, este aspecto no se ve reflejado en ningún momento en la película Zodiac, ya que la película sólo hace mención a que, debido a la dificultad de encontrar al asesino, cualquiera podía ser un sospechoso.

SIN (RE)CONOCIMIENTO

Un año más, esa gala de premios que, supuestamente, sirve de reconocimiento al mejor cine del año, ha premiado una película mediocre y engañabobos llamada The Artist de Michel Hazanavicius. No me malinterpretéis, no me parece una mala película ni mucho menos, pero elevarla a la categoría a la que se la ha elevado me parece, como mínimo absurdo, ya que no pasa de un simpático homenaje al cine clásico. Y lo injusto no es que el premio se lo haya llevado esta entretenida nimiedad cinematográfica, lo
injusto es que lo haya hecho en detrimento de una verdadera obra maestra como El Árbol de la Vida de Terrence Malick. En mi opinión, en el arte, sin que el séptimo sea una excepción, no considero normal repetir una fórmula ya hecha, en los primeros años del celuloide nada menos, y ensalzarlo de una manera tan desproporcionada como se ha hecho con The Artist.
Teniendo en cuenta que este año la ceremonia ha sido una auténtica farsa desde sus propias nominaciones, dejando fuera a películas superiores como Un Método Peligroso de David Cronenberg, Un Dios Salvaje de Roman Polanski, Melancholia de Lars Von Trier, Shame de Steve McQueen, Drive de Nicolas Winding Refn e incluso El Topo de Tomas Alfredson, no parece necesario entrar en mayor polémica. Y más cuando ésta no es la primera ni será la última vez que veremos injusticias en esta entrega de premios basados más en el desembolso que las productoras quieran hacer para ver a sus películas en lo más alto, que en la calidad de las mismas. Aun así, me parece un tema lo suficientemente interesante como para escribir sobre las que considero las 5 injusticias
más grandes perpetradas en estas ceremonias entre los años 1991 y 2010, desde la menos injusta a la mayor barbaridad cometida por los considerados académicos del séptimo arte.
Quinto puesto. El desprecio a los hermanos Coen. Podía empezar hablando del año 1994, cuando la Forrest Gump de Robert  Zemeckis se alzó con la estatuilla dorada en competencia con películas como Cadena Perpetua de Frank Darabont y Pulp Fiction de Quentin Tarantino, pero no lo considero del todo injusto debido a la citada gran competencia reunida aquel año. Sin embargo, dos años después, la que claramente era mejor película del año, Fargo de los hermanos Coen, fue ninguneada en detrimento de ese ñoño relato que es El Paciente Inglés de Anthony Minghella. Años después, en 2007, la academia quiso resarcirse premiando la fantástica No es País para Viejos, probablemente la última vez que se ha hecho justicia en estos premios, pero la injusticia de 1996 ya estaba hecha. Cuarto Puesto. Premiando la ignorancia.
En el año 2000 se dio un fenómeno que sólo se había dado una vez antes en la historia de los Oscar. Un sólo director, Steven Soderbergh, tenía dos películas magnificas nominadas al premio gordo: Traffic y Erin Brockovich. Sin embargo, la academia decidió premiar ese error histórico constante que es Gladiator del casi siempre prescindible Ridley Scott. Cualquiera de las dos películas de Soderbergh eran infinitamente superiores al absurdo y bochornoso, aunque entretenidillo, peplum de un director que sólo ha acertado en el terreno de la ciencia ficción con las magníficas Alien, el 8º Pasajero y Blade Runner.
Tercer puesto. El teatro gana al cine en unos premios sobre cine. Hace sólo un año, esa curiosa obra teatral de magníficas interpretaciones que es El Discurso del Rey de Tom Hooper desbancó a una de las mejores películas de los últimos 30 años, la imprescindible La Red Social de David Fincher. Como ya se demostró en 2008 al premiar la limpiaconciencias Slumdog Millionaire de un Danny Boyle que debería aprender a hacer películas distintas a Trainspotting cuando éstas no tratan la temática de la droga, la academia tiene una animadversión hacia el que probablemente sea el mejor director de la actualidad. Pero es que, si no querían premiar la magnífica cinta sobre el creador de Facebook, había mejores opciones que el film de Hooper, con Origen de Christopher Nolan, The Fighter de David O. Russell o Valor de Ley de los hermanos Coen.
Segundo puesto. La primera vez que pasaron de Terrence Malick. En 1998, como dos años antes (véase injusticia número 5), se optó por premiar un pasteloso relato de amor que no ofrece nada. Shakespeare in Love de John Madden se alzó triunfadora por encima de la espectacular La Delgada Linea Roja de Terrence Malick. Al igual que ocurre con Fincher, Malick no parece ser amigo de los académicos, pero esto no es excusa para dejar en el tintero trabajos mucho mejores que el de Madden, y ahí estaban esas grandes obras que son La Vida es Bella de Roberto Benigni y Salvar al Soldado Ryan de Steven Spielberg. Supongo que a la academia no le hizo gracia que ese año la Segunda Guerra Mundial fuera “trending topic” en las candidatas.
Primer puesto. La moral norteamericana no permite premiar mejores películas. El musical Chicago de Rob Marshall se llevó el gran premio en el año 2002… ¿Alguien podría decir qué puede tener esta película para ser considerada la mejor del año? Yo no, y menos cuando compite con películas como Las Horas de Stephen Daldry o Gangs of New York de Martin Scorsese. Pero lo más lamentable es que la película que se alzó con los premios de mejor director, actor y guión adaptado no consiguiera el de mejor película, y esto es lo que ocurrió con El Pianista de un Roman Polanski a quien no se podía dar el galardón por el crimen sexual por el que está acusado en los EEUU. Hay muchas más injusticias en la historia de estas galas, como plagar de premios a la poco más que interesante El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey en 2003, o que un discurso fascista como el de En Tierra Hostil se llevara el premio a mejor película en
2009, pero aquí he dejado los que considero los cinco errores más graves de la academia del cine en los últimos 20 años. Aunque, por lo visto, cada año tratan de superarse a sí mismos con repartos realmente infames de estatuillas.

Kubrick vs. Fincher

Con motivo de la promoción y distribución de la última película de David Fincher, Millenium: Los Hombres que no Amaban a las Mujeres, su protagonista Daniel Craig declaró, en referencia a trabajar con el director de Denver, lo siguiente: “Fincher es un cruce entre Kubrick y Hitchcock al que se añade un sentido visual y musical que viene de un lugar muy personal”. Estas declaraciones, que para mí no son más que palabras para ayudar a promocionar una película al hablar bien de su director, han hecho correr tinta en foros y discusiones cinéfilas por internet. Lo curioso es que no muchos han querido entrar a valorar la comparación con Hitchcock y sí que se ha despotricado en cuanto a la comparación con esa vaca sagrada cinematográfica que es Kubrick para todo aquél que quiera hacer ver a la gente lo mucho que entiende de cine. Para esta gente, lo que hacía el director neoyorquino, incluidas sus deposiciones, era oro puro y, por lo tanto, esta comparación es poco menos que una herejía cinematográfica. Antes de continuar, quiero hacer hincapié en el hecho de que la comparación con Hitchcock pase tan desapercibida.
En mi caso, Kubrick nunca ha sido especial santo de mi devoción, y dentro de su filmografía sólo encuentro genialidad en Espartaco y 2001: Una Odisea del Espacio, las cuales considero obras maestras, y en Teléfono Rojo. Volamos hacia Moscú y La
Chaqueta Metálica, que considero grandísimas películas. Es la sobrevaloración de títulos como El Resplandor o La Naranja Mecánica, que pienso que es pretenciosa a más no poder, la que, junto al resto de títulos normalitos que contiene su filmografía, me hace pensar que Kubrick no es ese dios del celuloide que tanto proclaman por la red de redes. No veo la supuesta genialidad que todo el mundo ve en todos esos títulos. Kubrick tenía una técnica fotográfica increíble, ya que antes de ser director de cine fue fotógrafo. Pero no encuentro nada más reseñable en su filmografía a parte de lo mencionado.
Fincher tuvo que llegar al mundo del celuloide por la suerte de ser vecino de George Lucas, que le dio trabajo en el set de rodaje de Star Wars VI. El Retorno del Jedi. Antes de dedicarse al cine dirigió videoclips y anuncios, empresa en la que, todavía hoy, es capaz de hacer trabajos más redondos que muchas películas actuales de otros directores.
Entre su primer encargo, la fallida pero icónica Alien 3, y el último, encontramos, como en el caso de Kubrick, dos obras maestras: Zodiac, de la que hablaré en algún artículo más adelante, y La Red Social. Tiene también dos peliculones como Se7en, con la que reinventó el thriller (o suspense, género del que Hitchcock fue maestro), y El Club de la Lucha, mucho más transgresora y redonda de lo que llegó a ser jamás La Naranja Mecánica. Y en el resto de su filmografía encontramos títulos cuanto menos interesantes como The Game, La Habitación del Pánico y El Curioso Caso de Benjamin Button.
Tras repasar ambas carreras, no me parece tan descabellado comparar a Fincher con Kubrick. Lo que sí me parece es precipitado, ya que a Fincher todavía le quedan años de servicio tras los que muy probablemente consiga superar al director neoyorquino. Volviendo un poco al primer párrafo, lo de compararlo con Hitchcock, a parte de precipitado, me parece a día de hoy osado, ya que ahí entramos en palabras mayores.
Y para terminar, si se le hubiera comparado con Peckinpah, no quiero ni imaginar la de amenazas de muerte que le hubieran caído al bueno de Daniel Craig.

UN ESPEJO EN LAS ANTIPODAS

En estos momentos me encuentro en Cronulla (Sydney), uno de los lugares utilizados para el rodaje de la mítica ‘Mad Max, más allá de la Cúpula del Trueno’ de George Miller, pasando unos días de merecidas vacaciones con unos grandes amigos que decidieron venir a vivir aquí. No, esta no es la sección de Javier García, pero si que es verdad que incluso un viaje puede ser una buena excusa para hablar de cine, sobre todo si cerca del sitio en el que las estás pasando se encuentra la pantalla IMAX más grande del mundo.
Una de las cosas en las que he pensado desde que llegué fue aquella época dorada de la industria cinematográfica australiana y no puedo evitar tampoco relacionar el actual estado del cine español con el del susodicho cine australiano de dicha época. Esa época
se dio hacia mediados de la década de los setenta, cuando hubo un cambio radical en la política cinematográfica de este país. Tras años de desarrollo de un mercado interno, se tuvo la necesidad de romper barreras nacionales para intentar llegar al resto del mundo.
Al igual que en el actual cine español, el australiano, con un fuerte respaldo de empresas privadas y entes públicos, consiguió, en este caso de forma muy diferente a nuestro cine, la repercusión internacional que buscaba.
El resultado de este redimensionamiento fue que en un corto plazo de tiempo el cine australiano ya había recorrido todo el mundo y comenzaba a difundir los nombres de realizadores importantes como Peter Weir, que años después triunfaría en Hollywood con películas de la talla de ‘El Show de Truman’ o ‘Master & Commander: Al Otro Lado del Mundo’. Otro gran nombre, sin duda, es el del mencionado George Miller, que con su saga ‘Mad Max’ se ganó un hueco notorio en el mundo del celuloide. Andrew Dominik o Baz Luhrman son otros nombres que nos vienen a la mente si de cineastas procedentes de las antípodas hablamos. ¿Significa esto que nombres como Juan Carlos Fresnadillo o Rodrigo Cortés, entre otros, pueden ser nuestros representantes hollywoodienses equivalentes?

El cine australiano gozó además de un interés por parte del pueblo norteamericano por la cultura patria que hizo que películas como ‘Cocodrilo Dundee’ tuvieran un éxito importante. Paul Hoggan interpretaba ese representativo papel del cine australiano y otros muchos actores del país llegarían a Hollywood a gozar de buena fama, como Nicole Kidman, Eric Bana, Hugh Jackman, Cate Blanchet, Heath Ledger, Geoffrey Rush o Russell Crowe, tal y como recientemente lo han conseguido españoles como Javier Bardem, Penélope Cruz o Antonio Banderas.
Esta exportación masiva de talentos australianos a la meca del cine fue uno de los primeros obstáculos encontrados por la industria cinematográfica de las antípodas para no volver a gozar de la notoriedad independiente de la que gozó en aquella época. El segundo gran problema encontrado por dicha industria fue la difícil competitividad planteada por su equivalente norteamericana, con la consecuencia de una inevitable pérdida de identidad. Sabiendo esto, no es difícil pensar que el cine español puede caer en la misma situación en un futuro si no se controla ese posible éxodo masivo de talentos y no se mantiene una identidad propia. Para eso, probablemente, el mejor espejo en el que debería reflejarse el cine patrio sea el cine británico, capaz de compaginar su presencia en Hollywood con la que todavía sigue siendo una industria propia bastante potente e identificativa.

Hypeando, que es gerundio

Ahora que se acerca el final del año, como siempre suelo hacer, reflexiono sobre si este periodo ha sido bueno o malo cinematográficamente hablando. En este sentido por el hecho de haber tenido un año tan agitado en varios aspectos, es uno de los que menos he podido disfrutar del séptimo arte en una sala de cine, por lo que no puedo hablar más allá de las 8 películas que he visto, y por lo tanto, para mí, no ha sido un mal año, pues de estas 8 “sólo” puedo considerar totalmente prescindibles dos o tres de ellas. Las 5 restantes han sido como mínimo interesantes, encontrando una joya impresionante como ‘El Árbol de la Vida’ de Terrence Malick y una luz al final de ese túnel que representa el, casi siempre, atascado cine español en la fantástica ‘No habrá Paz para los Malvados’ de Enrique Urbizu. También pude disfrutar del siempre estimulante cine de los hermanos Coen con ‘Valor de Ley’ y de la buena ciencia ficción a la que Duncan Jones y Andrew Niccol han aportado sus curiosas ‘Código Fuente’ e ‘In Time’, respectivamente.

Una buena ayuda para poder disfrutar de estos títulos ha sido sin duda la falta, casi total, de información previa a la visualización de estos títulos. En tiempos en los que el denominado “hype” es el pan nuestro de cada día, sobre todo por culpa de esta gran fuente de información que es Internet, no es fácil mantenerse indiferente ante la lluvia de imágenes destripapelículas que nos van ofreciendo desde el momento en el que se sabe que una va a ser realizada. Y, sin duda, el susodicho “hype” es el enemigo número uno del cinéfilo medio, ya que lo peor que le puede pasar a alguien que se dispone a ver una película es tener unas expectativas, altas o bajas, alimentadas por este maldito fenómeno perpetrado en blogs y webs varias “especializadas” en cine.

Cuando esas expectativas son altas, lo más probable es que la película decepcione, y cuando son bajas, probablemente te lleves una alegría al encontrar algo no tan horrible como pensabas. Pienso que hay que intentar evitar a toda costa el tener expectativas previas a la visualización de una película, ya que, con una falta absoluta de ellas, se podrá valorar la citada cinta de manera imparcial y en su justa medida. A veces, incluso el conocimiento del nombre del realizador de la película nos puede jugar una mala pasada. En mi caso, no soy capaz de afrontar la visualización de una película de Michael Bay exactamente igual que como afronto la de un metraje realizado por los citados hermanos Coen, por poner un ejemplo.

En este sentido, y esperando no haber creado “hype” con la imagen que acompaña a este artículo, el año 2012 se nos presenta cargadísimo de grandes expectativas que esperemos no terminen en el baúl de las ilusiones rotas. Próximamente tendremos la nueva obra de David Fincher, que no es otra que la adaptación, y versión norteamericana, de la primera novela de la saga ‘Millenium’, ‘Los Hombres que no Amaban a las Mujeres’. Más adelante Christopher Nolan nos volverá a ofrecer su visión sobre Batman con la tercera y última entrega de la saga comenzada con ‘Batman Begins’ y Quentin Tarantino volverá a los cines con un western llamado ‘Django Unchained’. Ridley Scott volverá al género que le encumbró, y probablemente en el único en el que destacó, como director con ‘Prometheus’, que parece ser una precuela de su fantástica ‘Alien, el 8º Pasajero’. Sea como sea, yo sólo aconsejo que se evite obtener más información de la que aquí hay escrita sobre estas películas para evitar decepciones o sobrevaloraciones y que esperemos que el año 2012 sea un gran año cinematográfico.

Dogma, ¿cine o estupidez?

A una película se la debe sentir como se siente a una piedra en el zapato. Esta curiosa afirmación pertenece al director danés Lars Von Trier, que actualmente tiene en cartelera su último trabajo, ‘Melancolía’. Me he decidido a hablar de este hombre por culpa de una pequeña conversación que tuve hace poco sobre él con el suegro de una amiga, y para quien no conozca a esta figura del cine moderno, estamos ante nada más y nada menos que, probablemente, el más importante de los impulsores del denominado “Manifiesto Dogma 95″, que desafió todas las reglas cinematográficas establecidas.

Lars Von Trier ha sido una figura considerada de dos formas distintas por el hecho de haber contribuido al mundo del celuloide como lo ha hecho con sus películas. Para muchos, el señor Von Trier es un genio, arriesgado, transgresor, inquietante, personalísimo y original, entre otras muchas lindeces, aunque para otros, y sobre todo debido a sus conocidas declaraciones públicas, no es más que un perfecto imbécil ególatra. En un terreno más o menos neutral, no puedo más que afirmar que, sin tener en cuenta las mencionadas declaraciones, el director danés es ambas cosas.

La prueba más clara de su fehaciente egolatría es el propio nombre de su particular estilo cinematográfico, que, por supuesto, fue nombrado por sí mismo y sus amigos de gremio daneses. Dogma, o lo que es lo mismo, una proposición que se asienta por firme y cierta y como principio innegable de una ciencia, y que en su sentido más común es el de una doctrina sostenida por una religión u otra organización de autoridad y que no admite réplica (Wikipedia dixit), es el susodicho nombre que se les ocurrió a estos lumbreras para su “estilo”, “norma” o “recurso” a la hora de realizar una obra cinematográfica. Por lo tanto, cuando de Lars Von Trier se trata, entendemos su doctrina sobre cine, o su manera de hacer cine, por así decirlo, como algo que no admite réplica, algo que podría darnos una explicación sobre sus últimas declaraciones en el Festival de cine de Cannes sobre Hitler. No cabe duda que el adjetivo “pretencioso” se le puede quedar corto a nuestro amigo danés, pero si analizamos una de sus obras más representativas, ‘Dogville’, podremos llegar a la conclusión “contraria” y reconocer el genio del director que nos ocupa.

‘Dogville’ es la historia de un pequeño pueblo al que llega una mujer, interpretada por Nicole Kidman, escapando de alguien que no sabremos de quién se trata hasta el final del metraje, el cual transcurre alrededor de una especie de escenario teatral en el que los edificios son siluetas dibujadas con tiza en el suelo y en el que interactúan los distintos personajes de la obra, donde destaca Paul Bettany.

Un fantástico relato sobre la maldad y la bajeza humana es lo que esconde la citada obra, a través de ese estilo “dogmático” de Lars Von Trier que podría considerarse como el resultado de la ley del mínimo esfuerzo y el descuido más caótico en la planificación y filmación de escenas. La citada ausencia de decorados, dejar el encuadre fijo para que los actores realicen su trabajo fuera de plano, el manido recurso de cámara en mano, más propio de películas de acción, o los saltos de eje son parte de ese particular estilo. Sin embargo, pese a estas “curiosas” características, insisto en que es una historia maravillosamente relatada, y más teniendo en cuenta la total falta de elementos adicionales en los que poder apoyarse. A la poco visible pero evidente dificultad de realizar una obra así manteniendo el interés del espectador, habría que añadir la capacidad de Von Trier para dirigir a su elenco de actores.

Es por estas razones por las que, a la hora de la más que típica discusión sobre este director en tertulias cinematográficas, no puedo más que dar la razón a ambas partes, y reconocer que Lars Von Trier es un genio ególatra pretencioso con una suerte de declaraciones desafortunadas que le convierten en un verdadero imbécil, pero, ¿acaso no pecaron alguna vez de lo mismo directores como Stanley Kubrick o Woody Allen? La respuesta a esta pregunta podría dar lugar a varios artículos más y… tampoco es cuestión.

De filmografías perfectas

Siempre que se habla del mejor o los mejores directores de cine se debe tener en cuenta su filmografía y no olvidemos que un director de cine es un trabajador más, y como tal, su carrera es extensa, lo cual hace que pase por varias etapas en su vida laboral.

Un perfecto ejemplo de esto lo encontramos en Sidney Lumet, cuya carrera transcurre desde su primer trabajo en 1957, la magnífica ’12 Hombres sin Piedad’, hasta su muerte en el presente año. No cabe duda que, incluso en la carrera de este gran director, siempre encontraremos altibajos creativos que provoquen que ninguna filmografía conocida pueda ser considerada como perfecta.

Lo que sí podemos encontrar en la filmografía de un director es una etapa de lucidez increíble y, por lo tanto, considerar a dicho director como el mejor de una década o un lapso determinado. Yo me he decidido a escribir hoy sobre los directores cuya filmografía considero perfecta desde la década de los 70, aunque no sé si coincidiré con mucha gente.

1970 – 1979: Podríamos hablar de directores consolidados como Kubrick, quizá el mejor de la década anterior, o de los emergentes Steven Spielberg, Ridley Scott o Richard Donner.

También podríamos hablar de gente como Roman Polanski, Brian de Palma o de los magníficos inicios de Martin Scorsese, pero para mí, sin duda, el director de los 70 por antonomasia es Francis Ford Coppola. Con cuatro obras maestras como las dos primeras partes de ‘El Padrino’, ‘La Conversación’ y ‘Apocalypse Now’ estamos probablemente ante la aseveración más fácil y menos discutible de este artículo.

1980 – 1989: Un servidor considera la década de los 80 como un declive en el mundo del cine bastante acentuado, aunque habrá gente que piense que estoy loco al decir algo así.

Scott y Donner se terminaron de asentar en el mundo del celuloide y no volverían a gozar de algo así en adelante. El cine de acción era el gran recurso para directores como el mencionado Donner con su ‘Arma Letal’ y el emergente John McTiernan con títulos como ‘Depredador’ o ‘Jungla de Cristal’. Pero la perfecta trilogía del aventurero del látigo y la inolvidable ‘E.T., el Extraterrestre’ convierten a Steven Spielberg en el mejor director de esta extraña década.

1990 – 1999: Probablemente mi década cinematográfica favorita, con un Scorsese que se asentaba finalmente en el mundo del cine con su mejor época, y que no consigue ser el mejor director de esta década por bien poco. Asistimos al nacimiento de las carreras de directores innovadores como David Fincher, con películas de la talla de ‘Se7en’ o ‘El Club de la Lucha’, y Quentin Tarantino, con las no menos impactantes ‘Reservoir Dogs’ y ‘Pulp Fiction’. Pero los que consiguieron alcanzar la perfección en esta década en mi opinión fueron los personalísimos Hermanos Coen con peliculones de la talla de ‘Muerte entre las Flores’, ‘Barton Fink’, ‘Fargo’ o ‘El Gran Lebowski’.

2000 – 2009: Esta última década nos trajo grandes decepciones que quizá venían de finales de la década anterior en forma de directores incompetentes encargados de los denominados “blockbusters”. Entre ellos encontramos a Michael Bay, McG, Roland Emmerich, etc. Sin embargo, Fincher se acomodaba en lo más alto del séptimo arte, Wes Anderson daba continuidad a su anteriormente iniciada y prometedora carrera y asistíamos al esperanzador nacimiento de la carrera del que considero mejor director de la década, Christopher Nolan. ‘Memento’, ‘Batman Begins’, ‘El Caballero Oscuro’ o ‘El Truco Final: El Prestigio’, de la que ya hablé en un artículo anterior, son sin duda alguna muestra de un talento prodigioso del que, parece, todavía podremos seguir disfrutando en la actual década.

Y precisamente en esta nueva década nos encontramos, preguntándonos como le irá al señor Nolan y esperando ver quién será ese director que goce de su época creativa dorada. Yo apuesto por dos directores en particular, que serían el mencionado David Fincher y Terrence Malick, con un, a priori, prolífico porvenir en los siguientes años.

En este camino hacia el año 2019 espero tengan acompañantes de lujo como los mencionados Anderson o Tarantino, figuras que, de algún modo, acaban de emerger como Jason Reitman, y consolidadas como Darren Aronofsky o incluso los Coen con esa especie de segunda juventud de la que han gozado en los últimos años.

Tengo derecho a mi fiesta… del cine

Durante las últimas dos semanas, y por tercer año consecutivo, se ha llevado a cabo una iniciativa llamada ‘La Fiesta del Cine’ que consiste en ir durante la primera semana al cine a ver una película por su precio normal, si a ese precio se le puede llamar normal, y de este modo gozar durante tres días de la siguiente semana de todas las películas que se quiera por 2 euros. Sin duda, es una iniciativa que se recibe con entusiasmo en estos tiempos de crisis y sirve para revitalizar la afluencia de público a las salas de cine, sobre todo, entre semana. Este año he aprovechado lo que mi trabajo me ha permitido para ver tres películas de la actual cartelera, que se muestra más interesante de lo que se había llegado a mostrar en lo que llevamos de año, y las cuales voy a analizar, así que dejad que os invite a mi particular “fiesta del cine” y disfrutad del análisis de esas tres películas.

El Arbol de la Vida:

Siempre es interesante ver la película del año que se ha llevado la Palma de Oro del Festival de cine de Cannes, ya que, muy probablemente este es el único festival de cine que realmente premia al cine como tal en la actualidad. Si, además, dos de los mejores directores del momento, llamados Christopher Nolan y David Fincher, se deshacen en elogios hablando sobre el trabajo de Terrence Malick, ver esta película se antojaba obligatorio. Mientras críticos y cineastas se muestran maravillados ante la última obra de Malick, el público en general aplaude al final de la cinta por ver terminar algo, para ellos, aburridísimo.

Tras ver la cinta con estos datos sobre mis manos, he de decir que, sinceramente, El Arbol de la Vida de Terrence Malick es una obra maestra porque es una clara razón para llamar al cine “séptimo arte”, pero esa calificación de “Apta para todos los públicos” que reza al inicio de la cinta debería ser matizada. Porque aunque intervenga Brad Pitt esto no es ‘Leyendas de Pasión’ ni ‘Sr. y Sra. Smith’…, afortunadamente. Esta película requiere de una cantidad de atención que, por lo general, pocas personas que se acerquen a un cine están dispuestas a prestar. El problema de esta película es que, para mucha gente, ir al cine supone desconectar las neuronas y esperar un simple entretenimiento.

Lo que es innegable, es que durante toda la película, en cada plano, escena o secuencia hay más cine, que recordemos nació como un arte meramente visual, que en el 99% de las películas actuales. Porque Malick es capaz de transmitir más con su poderío visual casi poético, sustentado por una dirección de fotografía sublime y su fantástica banda sonora, que muchísimos otros directores con más de 500 páginas de diálogo en su guión. La crítica ya se ha rendido a ella y el público con el tiempo la pondrá en su lugar, como ya ocurriera con ’2001: Una Odisea del Espacio’ de Stanley Kubrick. Sin duda, la mejor película del año y una verdadera suerte que se haya podido disfrutar en esta “fiesta del cine”.

La Deuda:

Trece años después de que ‘Shakespeare in Love’ de John Madden fuera la injusta triunfadora de la gala de los Oscar por delante de la infinitamente superior ‘La Delgada Linea Roja’ de Terrence Malick, ambos directores coinciden en las carteleras españolas con sus diferentes propuestas. Una vez más el trabajo de Malick juega en otra liga, lo que no significa que la película de Madden sea mala ni mucho menos.

Es, sin duda, la película de esta “fiesta del cine” que menos análisis precisa, ya que no pasa del mero entretenimiento realizado con buen pulso por su director. Pocas cosas son destacables en esta película, más allá de unas correctísimas interpretaciones por parte de Sam Worthington, Helen Mirren y Jessica Chastain, que se está convirtiendo en una auténtica revelación, siendo también parte del elenco protagonista de la cinta de Malick. Estamos ante una buena intriga, remake de la película israelí ‘Ha Hov’, pero no deja de ser una película convencional que no aporta nada nuevo y que incluso tiene algún defecto de base como pueda ser la simplicidad con la que la historia es tratada.

No habrá Paz para los Malvados:

Hasta hace bien poco cuando de cine español se hablaba era imposible no hablar de Almodóvar y su particular estilo o de la típica película ambientada en una de las épocas más lamentables de la historia de España, como si el cine español como tal, fuera un género en sí mismo. No voy a hacer mención a la época de Pajares y Esteso pues lo considero innecesario. Afortunadamente, en los 90 aparecieron directores como Alex de la Iglesia, Juanma Bajo Ulloa o Javier Fesser, que supuso un cambio radical en cuanto a forma y contenido en el cine patrio, pero aun así, parecía que el cine de género, fuese cuál fuese, no parecía tener acogida en la academia cinematográfica española. Este cambio catapultó a directores como Alejandro Amenábar y, más recientemente, Rodrigo Cortés, Juan Carlos Fresnadillo o Jaume Collet-Serra a poder realizar sus innovadoras ideas en la meca del cine, donde pudieron ofrecer ese cine de género que aquí parecía imposible ofertar. Entre unos y otros, surgió la figura de Enrique Urbizu, que con películas como ‘La Caja 507′ intentaba ayudar a cambiar el rumbo de la industria cinematográfica española, que con algunos directores, parece querer seguir encasillada en los modelos antiguos.

Y Urbizu, entre esos dos mundos que representan el cine patrio y el yankee, se dedica a realizar cine de género de calidad. El director bilbaíno es el único exponente dentro de la industria española capaz de realizar un thriller de la calidad de la mencionada ‘La Caja 507′ y de la que ahora nos ocupa. Porque si algo se puede decir de este film es que a Urbizu no le faltan cualidades para realizar un trabajo tan interesante y oscuro como el que refleja esta cinta. La manera de presentar al personaje principal es, como poco, magistral, ya que Urbizu no nos ofrece la razón por la que el personaje tan bien dibujado por José Coronado es como es, sino que nos da pinceladas de su personalidad o su pasado para que nosotros mismos tomemos nuestras propias conclusiones. Y esto es muestra de una capacidad increíble de escribir sobre un personaje en un guión, lástima que otras partes del guión no estén a la altura.

Porque no todo es luz en el interesante trabajo del realizador bilbaíno. Y es que si de algo adolece el film, es de un ritmo que no parece propio de un thriller policiaco como este, algo que no la lastra particularmente pero que hace que nos encontremos ante lo que parece más un thriller jurídico basado en alguna novela de John Grisham, lo que hace bajar la guardia al espectador en algunos puntos del metraje. De hecho, paralelo a la investigación que realiza el personaje interpretado por José Coronado, nos encontramos con una juez, de apellido Chacón para más señas, que realiza una investigación más propia de un detective. Eso, ciertos detalles que no puedo desvelar si no quiero destripar la película y el posible regusto a capítulo largo de cualquier serie policiaca española que deja, la rebajan en cuanto a calidad, pese a ser un trabajo admirable que sin duda sirve para revitalizar una industria cinematográfica tan de capa caída como la española y que cierra de manera redonda esta “fiesta del cine”, de la que espero también hayáis disfrutado y que ha resultado ser una experiencia más interesante de lo que hubiera conseguido ser en ediciones anteriores, que fueron celebradas en semanas de estrenos pobres de cartelera.

De sagas y sogas

En el cine moderno es casi imposible pensar en una película sin que exista la idea premeditada de un estudio cinematográfico de convertirla en franquicia y, lamentablemente, no tiene por qué darse en función a su posible éxito. Algo así parece que ocurrió con esa especie de remake de ‘Pocahontas’ en 3D que era ‘Avatar‘ de James Cameron, aunque todos supieran que iba a tener éxito y que, por lo tanto, se convertiría en una futura saga. Y es que, es de esta forma como nacen las sagas cinematográficas, que bien pueden servir de aumento, como de pérdida de prestigio en los realizadores que se encargan de ellas. Por norma general, una saga supone una inyección económica para las grandes productoras realmente apetecible, ya sea una saga de indudable calidad cinematográfica o un mondongo infumable, pero en este segundo caso de inmundicia artística el perjudicado es el director, que ve cómo esa saga se ha convertido en una soga que lo ata a un proyecto infame.

Muchos directores de prestigio se han visto sometidos a tener que continuar con historias que, sinceramente, hubieran cerrado con su primera película, estirando hasta el infinito una idea que, pese al éxito casi seguro del que gozarán sus continuaciones, se convierte en algo desgastado e innecesario. Se puede decir que pocas sagas cinematográficas son las que existen por razones justificadas, y menos aun las que pese a estar justificadas hayan conseguido un resultado artístico satisfactorio.

Francis Ford Coppola o George Lucas serían de los primeros en realizar este tipo de saga “justificada” con ‘El Padrino‘ y ‘Star Wars‘, respectivamente. Ambos dieron en el clavo, uno con una obra imperecedera de calidad incontestable y otro con un divertimento para chavales a los que les gusta hacer el ruido de una espada láser con la boca mientras trastean con una escoba. De hecho este segundo encontró con las historias de la familia Skywalker a su particular gallina de los huevos de oro, y ha llegado a estirarla tanto, que ya sólo estas personas con sus escobas láser son capaces de encontrarlas estimulantes.

Sin duda, la calidad de una saga cinematográfica también puede venir ayudada por el hecho de que sus partes sean auto conclusivas o independientes. Esto facilita la labor de directores y guionistas, que no tienen que pensar en una linealidad o coherencia entre sus historias. Buen ejemplo de estas sagas serían ‘Indiana Jones‘ o aquél en quien se inspiró el citado George Lucas para inventarlo, ‘James Bond‘. El primero de ellos tuvo la suerte de ser dirigido por un Steven Spielberg que estaba en estado de gracia en los años 80, sin entrar en si fue buena o mala idea resucitar la saga 20 años después. Mientras el segundo se ha visto condicionado por el carisma del actor que lo interpretara en cada una de sus películas.

Ahora, sin embargo, encontramos sagas por todas partes y, desgraciadamente, muy pocas que merezcan la pena. Vivimos una época en la que cualquier superhéroe de cómic nos puede dar pie a una saga, en ocasiones para bien como en el caso del ‘Batman‘ de Christopher Nolan, pero por lo general encontramos de nuevo estiramientos innecesarios o incluso ridículos encargados por mandamases de productoras que quieren espectacularidad y artificio en detrimento de historia y contenido. Y es aquí donde hemos visto que para muchos directores interesantes una saga se ha convertido en una soga al cuello a merced de los productores a quién tienen que obedecer. Una soga que les mantiene atados a proyectos a los que, de otra forma, no querrían pertenecer y con los cuales se desperdician años de trabajo de artesanos que podrían dedicar su tiempo a mejores menesteres.

Hay un largo etcétera de estos pobres hombres que se han visto involucrados en proyectos ridículos de los que hubieran querido huir mucho antes. Claros ejemplos de esto son los de Gore Verbinski con la innecesaria saga de ‘Piratas del Caribe‘ o Sam Raimi con ‘Spiderman‘, de la cual ahora reniegan y con la que piensan realizar esa práctica que tan de moda se ha puesto en Hollywood y que llaman “reboot”. Muchas veces son los propios directores los que se meten en un jardín de afiladas espinas creativas, como es el caso de los hermanos Wachowski con la saga ‘Matrix‘. Pero como no todo iba a ser malo en este particular submundo del celuloide, también encontramos el caso contrario en directores como Bryan Singer, que tras filmar con buen criterio las dos primeras partes de los ‘X-Men‘, decidió desvincularse de dicho proyecto para poder dedicarse a otras historias, aunque el resultado fuera la poco interesante ‘Superman Returns’.

Quisiera terminar hablando, aunque probablemente termine haciéndolo en algún nuevo artículo, de estas prácticas hollywoodienses que se llevan haciendo debido, al parecer, a una falta total de ideas y que son los spin offs, remakes, reboots, precuelas y secuelas. No creo que esa falta de ideas sea real, y estoy plenamente convencido de que hay directores y guionistas con historias originales a llevar a cabo que no pueden hacer debido a ese interés de productoras por apostar al caballo ganador con las ya manidas propuestas pirotécnicas y espectáculos vacíos de los que hablaba anteriormente. Creo que no tiene que ser tan difícil intentar estimular al espectador con algo más de contenido en las producciones y espero que, como todas las modas, ésta en particular tenga un final tempranero para volver al buen cauce de un cine original y con un mínimo de calidad.